Casi nadie llega a mi consulta preguntando por una endodoncia. Llegan diciendo "creo que me tienen que matar el nervio", después de dos o tres noches durmiendo a ratos y con el flexo del móvil apuntando a una muela. La palabra técnica les da igual en ese momento. Lo que quieren saber es si va a doler y si van a perder el diente.
La endodoncia arrastra una fama que se ganó hace treinta años y que ya no le corresponde. Hoy es un tratamiento predecible, se hace con anestesia y su objetivo es exactamente el contrario del que la gente teme: conservar la pieza, no sacarla.

Dentro de cada diente, por debajo del esmalte y la dentina, hay una cavidad con tejido vivo: la pulpa. Ahí están el nervio, los vasos sanguíneos y el tejido conectivo que nutrieron la pieza mientras se formaba. Esa pulpa se prolonga hacia abajo por unos canales estrechos que recorren la raíz, los conductos radiculares.
Cuando la pulpa se inflama o se infecta de forma irreversible, no se recupera sola. Ni con antibiótico, ni esperando. La endodoncia consiste en retirar ese tejido, limpiar y dar forma a los conductos, y sellarlos para que las bacterias no vuelvan a colonizarlos. En la literatura vas a encontrarlo también como desvitalización de la pieza o tratamiento de conducto radicular: es lo mismo.
Después del tratamiento el diente deja de responder al frío, porque ya no hay nervio dentro. Pero sigue anclado al hueso por su ligamento periodontal, así que notas la presión al morder con total normalidad. No es un diente muerto colgando de la encía: es tu diente, sin su tejido interno.
Hay tres objetivos, y en este orden. Quitar el dolor y la infección. Conservar la raíz, que es lo que mantiene el hueso en su sitio. Y devolver la función masticatoria con la pieza original, que reparte las fuerzas mucho mejor que cualquier sustituto.
Ese último punto es el que más se subestima. Una raíz natural estimula el hueso cada vez que masticas. Cuando la pierdes, el hueso empieza a reabsorberse en cuestión de meses, y cualquier solución posterior parte de una situación peor.
La diferencia está en cuánto ha avanzado el problema hacia el interior del diente.
Si la caries ha atravesado el esmalte y parte de la dentina pero no ha llegado a la pulpa, basta con eliminar el tejido dañado y rellenar la cavidad. Eso es un empaste dental, y el diente conserva su nervio intacto.
Si la bacteria ya ha alcanzado la pulpa, el empaste no sirve: taparías la infección dentro. Ahí entra la endodoncia.
Y si queda tan poco diente sano que no hay nada a lo que agarrar la reconstrucción, o hay una fractura vertical que recorre la raíz, entonces hablamos de extracción dental. Es la última opción, y la que intento evitar siempre que la pieza tenga pronóstico.
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Es la causa más frecuente con diferencia. Una caries que no se trata avanza en capas hasta que las bacterias llegan a la pulpa y la inflaman. Al principio esa inflamación es reversible: hay sensibilidad al frío o al dulce, dura unos segundos y se va.
El cambio importante ocurre cuando el dolor empieza a comportarse distinto. Aparece espontáneamente, sin que nadie toque el diente. Empeora tumbado, porque cambia la presión sanguínea en la cabeza. Y, el signo que más me orienta en consulta, duele con el calor y se calma con el frío, hasta el punto de que hay pacientes que vienen con una botella de agua fría en la mano. Eso es pulpitis irreversible, y a partir de ahí la endodoncia es la única forma de salvar la pieza.
Cuando la pulpa muere, el proceso se traslada a la punta de la raíz. Se forma un absceso periapical, y el cuerpo busca una salida: aparece un bultito en la encía que drena y desaparece a temporadas, la famosa fístula.
Hay un detalle que engaña mucho. Cuando el nervio se necrosa por completo, el dolor cede. Muchos pacientes interpretan que se ha curado solo y dejan pasar meses. La infección sigue trabajando ahí abajo, en silencio, comiéndose el hueso alrededor del ápice.
Otras señales: el diente cambia de color y se oscurece respecto a sus vecinos, molesta al tocarlo o al masticar, o notas la zona hinchada. Y no todo empieza con caries. Un golpe en un incisivo jugando al fútbol a los quince años puede necrosar la pulpa y no dar la cara hasta pasados diez o quince años.
Diagnóstico. Radiografía periapical, pruebas de sensibilidad al frío y percusión sobre la pieza y sus vecinas. Necesito confirmar qué diente es exactamente el que duele, porque el dolor pulpar se irradia y el paciente falla al señalarlo más veces de las que imagina.
Anestesia y aislamiento. Anestesia local, y a continuación dique de goma: una lámina que aísla el diente del resto de la boca. No es un lujo. Sin aislamiento entra saliva en los conductos que acabo de desinfectar, y con ella bacterias.
Apertura y localización de conductos. Accedo a la cámara pulpar y localizo la entrada de cada conducto. Aquí uso localizador de ápices, que mide eléctricamente hasta dónde llega la raíz. Trabajar solo con radiografía es trabajar con una imagen plana de una estructura tridimensional.
Limpieza y conformación. Con limas de calibre creciente retiro el tejido y doy a cada conducto una forma cónica que permita sellarlo bien. Entre lima y lima irrigo con hipoclorito de sodio, que disuelve los restos orgánicos y desinfecta las zonas donde el instrumento no llega.
Obturación. Relleno los conductos con gutapercha, un material de origen vegetal, junto a un cemento sellador que cierra los microespacios. Radiografía final para comprobar que el sellado llega hasta el ápice y no se queda corto ni se pasa.
No todas las piezas cuestan lo mismo. Un incisivo tiene un solo conducto, recto y accesible: es una endodoncia unirradicular y suele resolverse en una sesión cómoda.
Un molar es otra historia. Tiene tres o cuatro conductos, a veces curvos, a veces con ramificaciones que no se ven en la radiografía. En una endodoncia multirradicular el tiempo de sillón se dispara y, según el caso, prefiero dividirla en dos sesiones con una medicación intermedia dentro del conducto antes de sellar. No es un contratiempo: es criterio.
Aquí es donde se pierden más dientes endodonciados, y conviene decirlo claro: el tratamiento no termina cuando sello el conducto.
Un diente al que le has retirado la pulpa y abierto la cámara ha perdido estructura interna y se ha vuelto frágil. Si lo dejas así, tarde o temprano se fractura una cúpula al morder algo duro.
En piezas anteriores con poca pérdida de estructura suele bastar una reconstrucción con composite, y muchas veces se hace el mismo día. En molares, donde la carga masticatoria es mucho mayor, lo indicado es una incrustación o una corona que abrace y proteja el diente. Esa segunda fase no es opcional ni estética. Es lo que hace que la endodoncia dure.
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Con la anestesia haciendo efecto, no. Vas a notar presión, vibración y el ruido del instrumental, pero no dolor.
Te doy el matiz honesto, porque existe: cuando hay un absceso agudo, el tejido inflamado y ácido de alrededor dificulta que el anestésico funcione a la primera. En esos casos recurro a técnicas complementarias, como la anestesia intraligamentaria. Se resuelve, pero requiere unos minutos más y avisar al paciente en lugar de empezar a taladrar y ver qué pasa.
Es lo más habitual y lo más malinterpretado. Durante dos a cinco días es normal notar el diente sensible al masticar. No es que la endodoncia haya fallado: el ligamento que rodea la raíz se ha inflamado por el trabajo dentro del conducto, y necesita bajar.
Se controla bien con el antiinflamatorio que te paute y masticando del otro lado esos primeros días. Va disminuyendo cada jornada. Si en lugar de bajar va a más, llámame.
Eso ya no entra en lo esperable, y no hay que normalizarlo.
Un dolor que aparece semanas o meses después suele apuntar a un conducto accesorio que quedó sin tratar, a una filtración por una reconstrucción que ha perdido sellado, a una fractura de la raíz o a una lesión periapical que no ha cicatrizado. Cada una tiene su solución: retratamiento del conducto, cambio de la restauración o, en casos concretos, apicectomía.
Lo que no funciona es esperar a ver si se va. Con una radiografía de control se sabe en cinco minutos qué está pasando.
La recuperación es rápida y ese mismo día puedes hacer vida normal. Lo que marca la diferencia son cuatro cosas.
Mastica del lado contrario hasta que el diente tenga su reconstrucción definitiva, sobre todo si llevas un material provisional, que no está pensado para aguantar cargas fuertes.
Cepíllate con normalidad desde el primer día, incluida esa zona, y usa cepillo interdental o seda. La idea de "no tocar la zona" es exactamente al revés de lo que conviene.
Toma el antiinflamatorio pautado durante las primeras horas, sin esperar a que aparezca el dolor.
Y no te automediques con antibiótico. No cura una pulpitis, porque no llega al interior del conducto donde está el problema, y contribuye a generar resistencias. Si hace falta, lo receto yo.
Décadas, cuando se dan dos condiciones: que la reconstrucción sea la adecuada para esa pieza y que se revise periódicamente. Los estudios de supervivencia a diez años manejan cifras muy altas para tratamientos bien hechos y bien restaurados.
Lo interesante es qué falla cuando falla. Rara vez es la endodoncia en sí. Casi siempre es lo que vino después: una restauración que filtra y permite reinfección, o una fractura en un molar que nunca llegó a recibir la corona que se le indicó.
Un diente endodonciado necesita su revisión anual como cualquier otro, con radiografía de control de vez en cuando para verificar que el hueso periapical está sano. Y sigue siendo vulnerable a la caries en el resto de su superficie: como no tiene nervio, no te va a avisar con sensibilidad. De ahí que la revisión importe más, no menos.
Si llevas días con un dolor que no cede, notas un bulto en la encía o tienes un diente que se ha oscurecido, no lo dejes correr esperando a ver si mejora. Cuanto antes se valora, más opciones hay de conservar la pieza sin complicaciones añadidas.
En la clínica trato cada caso de endodoncia en Salamanca valorando primero si el diente tiene pronóstico y explicándote qué va a pasar en cada sesión. Pide tu cita y lo vemos.

Sobre la autora
Directora · Fundadora · Colegiada nº 37001149
Odontóloga con más de 15 años de experiencia. Licenciada por la Universidad de Salamanca y directora de Ester Rodríguez Clínica Dental.
Conoce a Ester Rodríguez Sánchez